Los bebes son signos de vida. De nueva vida y nuevos comienzos. Esa es una de las razones por las que yo amo mi trabajo tanto, en la sala de maternidad y de los recién nacidos. Cada día que paso en es sala, yo siento ese único sentimiento de emoción de ver tantos nuevos principios reflejados en esos bebes.

Una mañana, al comenzar mi turno, reconocí un nombre en una de las cartas. Un nombre que yo conocía bien de mis días de paciente en Hadassah. ¿Será el bebé de alguno de mis compañeros también pacientes? Eso me imaginaba. Recordé muchas de las horas que pasábamos platicando entre nosotras, enganchados a infusiones intravenosas, lado a lado. No podía contenerme de ver en la lista de madres que apenas dieron a luz, para ver que mi amiga este escrita ahí. Es difícil describir mi emoción y alegría cuando tomé a el recién nacido de mi amiga esa mañana.

Sobrevivir a un Cáncer, nunca debe darse por sentado y traer una nueva vida a este mundo tampoco. La combinación de dar a luz y de haber sobrevivido a tal experiencia, es uno de los signos más claros de la continuidad de la vida. Es como si uno estuviera diciendo de la manera más fuerte al cáncer:  “¡Estoy aquí! ¡No me golpeaste! ¡Estoy aquí para quedarme!”.

Sostener a ese hermoso bebé, pronuncié una bendición silenciosa sobre su somnolienta cabeza, susurrando unas cuantas palabras sentidas en sus orejas de angelito: “Vigile a su valiente mamá. Hazla orgullosa y feliz. Cada paso que tu tomes, tu madre crecerá más sana y más fuerte por muchos años por venir. Contigo se demuestra al mundo el milagro de la vida y el milagro de las segundas oportunidades en la vida. ¡gracias a Dios estamos aquí para vivir una larga y saludable vida! ¡Aquí para quedarse!

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